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La autoestima: Nuestra fuerza secreta. Luis Rojas Marcos
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Mensaje La autoestima: Nuestra fuerza secreta. Luis Rojas Marcos 
 
LA AUTOESTIMA: NUESTRA FUERZA SECRETA
Autor: Luis Rojas Marcos
Editorial: ESPASA CALPE
Fecha de publicación: 6/03/2007.
Edición: 1ª.
Número de páginas: 280.

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Sinopsis
Rojas Marcos analiza los factores que determinan la idea de nuestro 'yo', como el papel de los genes, la infancia, los valores culturales, el autocontrol, el lado oscuro de la autoestima y el odio a uno mismo, los estados depresivos y de víctima perpetua, así como el impacto de la autoestima sobre las relaciones con otras personas. El autor defiende que el entender las claves de la autoestima es una inversión muy segura, ya que, ¿hay algo más determinante en nuestra vida que cómo nos sentimos con nosotros mismos?
  




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Mensaje LA AUTOESTIMA: NUESTRA FUERZA SECRETA de LUIS ROJAS MARCOS 
 
LA AUTOESTIMA: NUESTRA FUERZA SECRETA de LUIS ROJAS MARCOS

Capítulo 4. El termómetro de la autoestima

'—¡Pero no hay a quién juzgar! —exclamó el principito.
—Te juzgarás a ti mismo —le respondió el Rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio.' ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY,
El principito, 1943

AUTOVALORACIÓN
'No debemos valorar a las personas por sus opiniones, sino por lo que sus opiniones hacen de ellas.' GEORG C. LICHTENBERG,
Aforismos, 1790

El psicólogo neoyorquino William James (1842-1910) es el primer investigador que analizó metódicamente el fenómeno de la autoestima. Sus ideas, plasmadas en 1890 en un texto pionero (Principios de psicología), han servido durante un siglo de modelo a todos los estudiosos de esta capacidad única de los seres humanos. James estudió medicina en la Universidad de Harvard, donde en 1875 estableció el primer laboratorio de psicología experimental. La vida de James estuvo plagada de penosos achaques de salud. Pasó largas temporadas viajando por Europa en busca del alivio que no encontraba en su país. Sufría de mala vista, del estómago, de la piel y de brotes de depresión que, según él mismo cuenta en su biografía, le hicieron considerar seriamente el suicidio. Este experto de la mente afirmaba sin reservas que se dedicó a la psicología para 'entenderme a mí mismo', un motivo muy común entre los miembros del gremio. A menudo ironizaba sobre ello repitiendo que 'la primera clase de psicología a la que asistí fue la primera que impartí yo'. James sostenía que a la hora de valorarnos solemos considerar tres componentes de nuestra identidad. El primero y más importante es el 'yo espiritual'. Este componente contiene nuestras facultades mentales, las creencias y las inclinaciones más íntimas, nuestro estilo de pensar, de sentir y de actuar y, en definitiva, los rasgos de nuestra personalidad. En segundo lugar situaba al 'yo social', las cualidades o defectos que reconocen en nosotros los demás, y la buena o mala reputación que tenemos en nuestro entorno social. El 'yo material' es el tercer componente e incluye nuestra imagen corporal, las riquezas, el patrimonio económico y las propiedades que son importantes para nosotros. Recurriendo a su sentido práctico, James apuntó que para calcular el nivel de autoestima tenemos que dividir los éxitos entre las pretensiones. Si el resultado de esta sencilla fórmula matemática, totalmente subjetiva, es uno o más, es decir, si nuestros triunfos igualan o superan a nuestras aspiraciones, la autoestima es positiva. Por el contrario, si el cociente es inferior a uno, o nuestros anhelos suman más que nuestros logros, el grado de autoestima es negativo. Nuestra autovaloración, venía a decir, puede aumentarse, bien incrementando los éxitos o disminuyendo las pretensiones. Sin embargo, James reconoció que no todas las pretensiones son igualmente importantes. Por eso, abandonar ciertas aspiraciones puede suponer un gran alivio. '¡Qué bien nos sentimos el día que dejamos de aspirar a ser siempre jóvenes!', declaraba. En su libro ya citado cuenta cómo él mismo había fantaseado muchas veces con deseos de ser guapo, atlético, rico, gracioso, seductor, filósofo, filántropo, inventor, guerrero, explorador, poeta y hasta santo. Su conclusión fue que, al no ser compatibles todas estas cualidades, no tuvo más remedio que escoger unas y suprimir otras. Todavía hoy se consideran válidas, en términos generales, estas ideas de James, pero los conocimientos sobre el desarrollo, la medida y los ingredientes de la autoestima han avanzado sustancialmente gracias a las investigaciones realizadas en los últimos veinte años. La capacidad para juzgarnos no aparece en un momento determinado, sino que surge gradualmente durante la infancia. Por lo general empieza a forjarse alrededor de los cuatro años, cuando las criaturas comienzan a identificar las expectativas de sus padres o cuidadores y a compararlas con su propia habilidad para cumplirlas. Esto les lleva a sentirse bien si sus comportamientos se corresponden con los que los demás esperan de ellos, y a inquietarse si no coinciden. De hecho, los pequeños que no pueden satisfacer las esperanzas o ilusiones que albergan sus padres sobre ellos —por poco realistas o idealizadas que estas sean— no cuestionan el sentido común de sus progenitores, sino que se culpan a ellos mismos, se sienten fracasados y se autorrechazan.

Ingredientes de la autoestima global

Todos tendemos a valorarnos de una forma global. Si prestamos atención a lo que la gente suele expresar con personas de confianza, a menudo dicen cosas como 'me siento bien con el tipo de persona que soy', 'me considero una persona corriente' o 'no me gusta mucho cómo soy'. Por eso, hasta hace poco los expertos investigadores medían la autoestima exclusivamente en términos globales. El instrumento más conocido y utilizado en cientos de investigaciones ha sido el Inventario de autoestima, elaborado en 1965 por Morris Rosenberg, un profesor de Sociología de la Universidad de Maryland. Esta prueba consiste en un sencillo cuestionario de diez afirmaciones. Cito solo unos cuantos ejemplos textuales: 'en general, estoy satisfecho conmigo mismo', ¡siento que soy una persona por lo menos tan valiosa como las demás', 'normalmente me inclino a pensar que soy un fracasado', 'me gustaría tenerme más respeto'.

Después de leer cada una de estas y el resto de aserciones, el participante tiene que decidir entre cuatro posibilidades: 'totalmente de acuerdo', 'de acuerdo', 'en desacuerdo' o 'totalmente en desacuerdo'. Aunque nuestra autoestima global es un buen indicador general de cómo nos sentimos con nosotros mismos, la verdad es que no nos aporta información sobre la naturaleza de los ingredientes que seleccionamos para autovalorarnos. Por eso, es conveniente indagar sobre los aspectos de nuestra identidad que tenemos en cuenta a la hora de 'calcular' nuestra autoestima global. Por ejemplo, ¿me asigno puntos porque 'soy inteligente' o porque 'soy el más violento de la banda'? ¿Me quito puntos porque 'se me da fatal la pintura' o porque 'no le caigo bien a la gente'? ¿Me sumo puntos porque 'me considero una excelente enfermera' o me los resto porque 'me veo gorda y no consigo adelgazar'? Conscientes de la diversidad de los elementos que configuran la autoestima de cada persona, los investigadores han diseñado pruebas parecidas a la de Rosenberg, aunque más avanzadas, pues se centran ya en parcelas específicas del individuo. Susan Harter, la profesora de Psicología de la Universidad de Denver ya mencionada, lleva dos décadas examinando más en detalle con su equipo la percepción de uno mismo. Sus estudios, iniciados hacia 1985, demuestran que, desde los primeros años de la adolescencia, las auto-valoraciones que hacemos están basadas en una serie de características que seleccionamos. Entre las más frecuentes se encuentran los atributos físicos y psicológicos, como la apariencia o la inteligencia, la aptitud para relacionarnos con los demás, la competencia en los estudios o el éxito en el trabajo, el talento para actividades artísticas o recreativas, y la habilidad para desempeñar papeles sociales como madre, padre, marido, esposa, hija o hijo. En esta balanza también solemos sopesar los resultados de las comparaciones que hacemos con las personas de nuestro grupo, y las opiniones que creemos que los demás tienen de nosotros. Me viene a la memoria este caso de un muchacho de trece años a quien pregunté: '¿Cuánto te gustas?'. 'Me gusto bastante', contestó, y a continuación se explicó de esta manera: 'Me gusto bastante porque en el colegio caigo bien a mis compañeros… Esto me pasa porque soy buen deportista, me gusta ayudar a los demás, y también porque sé guardar secretos… Por lo general, soy un buen amigo de mis amigos, aunque cuando estoy de mal humor puedo decirles cosas bastante fuertes. Trato de controlarme y cuando no lo consigo me avergüenzo… Los estudios se me dan bien; bueno, lo normal. Tengo que reconocer que a menudo me siento torpe en matemáticas, sobre todo cuando veo lo bien que lo llevan mis compañeros. Pero la verdad es que no me preocupa mucho, porque las matemáticas no son importantes para mí…'. Como mencioné en el primer capítulo, todavía no se ha inventado un método para medir objetivamente el grado de autoestima de la gente, como medimos la temperatura del cuerpo o la cantidad de glucosa en la sangre. De momento, la mejor fórmula para averiguar el nivel de autoestima de las personas es sencillamente preguntar, como hice yo con el joven al que acabo de referirme.

Cuando preguntamos se hace evidente que las autovaloraciones —sean globales o específicas— tienen un componente de pensamiento: 'qué es lo que pienso de mí', y otro de sentimiento: 'cómo me siento conmigo mismo'. Estos dos componentes son inseparables. Siempre que opinamos intelectualmente sobre nuestra persona, la opinión va acompañada de un tono emocional coherente. De modo que, si nuestro juicio de valor es favorable, el sentimiento es placentero. Pero si nos consideramos inadecuados, nos sentimos mal. Nuestro cerebro se encarga de asegurar esta congruencia entre lo que pensamos y lo que sentimos. Por eso, los pensamientos y las emociones, que suelen estar vinculados en el extremo positivo de la autoestima, incluyen ideas de competencia, de confianza o incluso de orgullo de uno mismo, y los sentimientos de alegría, seguridad y bienestar. En el extremo negativo, los reproches o las condenas de uno mismo suelen mezclarse con los sentimientos de vergüenza, culpa, decepción y fracaso. Nuestro estado de ánimo también puede ejercer un gran impacto sobre nuestra forma de pensar. Quizá el ejemplo más dramático sea la depresión. Este mal devastador, que describiré en detalle más adelante al tratar sobre el odio a uno mismo, se caracteriza por una inconsolable tristeza, abatimiento, sentimientos de culpa y disminución de las funciones psíquicas y físicas. La depresión va siempre acompañada de la exagerada y hasta irracional devaluación de uno mismo. Otro ejemplo es la llamada enfermedad bipolar o maníaco-depresiva. Esta alteración mental consiste en períodos de profunda depresión y autodesprecio que se intercalan con períodos de exagerada alegría, euforia, despreocupación y autoconfianza. Durante las fases depresivas, el foco exclusivo y obsesivo de estas personas son los aspectos negativos de sí mismas, llegando incluso a contemplar el suicidio. Por el contrario, durante las fases de manía o euforia se sienten superiores y triunfantes. Además del impacto que sobre la autovaloración ejercen la forma de pensar y el estado emocional, existen fuerzas psicológicas y necesidades inconscientes que pueden distorsionar notablemente la percepción que tienen las personas de sí mismas. Por ejemplo, la autoestima de algunos individuos se basa en conceptos que están más cerca de la fantasía que de la realidad. Mujeres competentes se sienten ineptas, hombres altos se ven bajos, chicas delgadas se catalogan de obesas. Más llamativo aún son los casos de personas que han llevado vidas ejemplares y se autodesprecian o se consideran 'impostoras'. Piensan que sus logros son fruto de la casualidad o de la suerte y no de sus esfuerzos o talentos, y que antes o después serán 'descubiertas'. Como consecuencia, viven atemorizadas y eluden situaciones en las que puedan ser observadas de cerca o corran el riesgo de 'exponer' lo que consideran su despreciable identidad. Como veremos al examinar el lado oscuro de la autoestima, tampoco faltan los desalmados que no sienten el mínimo remordimiento y se valoran altamente. En cuanto a la valoración de las opiniones del prójimo, hay individuos convencidos de que los demás piensan bien de ellos, aun teniendo ellos una opinión pésima de sí mismos. Otros que saben que no son bien considerados por los demás albergan un concepto muy positivo de su persona. Algo que siempre me ha sorprendido es la fuerza con la que muchas de estas personas se aferran a sus autovaloraciones y la resistencia feroz que ofrecen a cambiarlas por otras más razonables, incluso cuando estas sean además muy favorables. Antes de llegar a una conclusión definitiva sobre la autoestima de una persona en un momento dado, es conveniente descartar la posibilidad de que su autoevaluación esté influida por alguna dolencia psicológica que pueda estar distorsionando su percepción de sí misma.

  




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Mensaje «Una autoestima alta no es garantía de salud mental, los vio 
 
ENTREVISTA | Luis Rojas Marcos


«Una autoestima alta no es garantía de salud mental, los violentos son prueba de ello»


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El psiquiatra Luis Rojas Marcos ha buceado en sus recuerdos de adolescencia para descubrirle al lector los secretos de un concepto tan variable y subjetivo como fundamental para los seres humanos. En su último libro, «La autoestima. Nuestra fuerza secreta», Rojas Marcos no pretende dar «recetas» sino divulgar su importancia. No en vano, afirma, «es decisiva para evaluar la fuerza de las personas para recuperarse de un trauma, ya sea el 11-S, violencia de género o acoso laboral».

-¿Por qué un libro sobre la autoestima?

-Porque siempre me ha interesado. En mi profesión se consideró siempre que una autoestima alta era algo positivo, pero los experimentos de los últimos años nos han dado sorpresas, como que una autoestima elevada no es garantía de salud mental. Desde Calígula a dictadores, maltratadores, corruptos, acosadores, violentos en general, tienen una alta autoestima. Pese a que los libros decían lo contrario, se ha demostrado que no, que las cárceles están llenas de gente con una gran autoestima, patológica, narcisista.

-¿Cree que la sociedad lo admitirá con facilidad?

-Es como el colesterol, se tardó en entender que había uno bueno y otro malo. Las personas en general van a tardar también un poco en entender de qué va la autoestima.

-¿Y de qué va?

-Cuando comencé a escribir el libro pensé que sería más fácil. Pero es complejo e importante, porque la autoestima, nuestro modo de vernos y valorarnos, es lo que dirige nuestra vida. Lo importante no es tanto la puntuación que nos damos sino qué valoramos de nosotros para hacerlo.

-¿Habría una receta idónea para cocinar nuestra autoestima?

-La fórmula deseable es incluir los aspectos positivos, un cierto optimismo, a la hora de valorarnos.

-¿Es posible recuperar la autoestima dañada por un suceso traumático?

-No es fácil, pero sí. Un terremoto no afecta a tu autoestima, pero una humillación en el trabajo puede destrozarla. Depende de muchas cosas, desde el significado que le demos al suceso hasta la duración y la intensidad del trauma.

http://www.lavozdegalicia.es/se_soc...5&TEXTO=5633281
  




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