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Hay niños que tienen miedo de ir al colegio. No es que no les guste estudiar, ni que sean vagos ni torpes. Por lo general suelen ser obedientes y aplicados, a veces más que la media. Pero quizá por eso mismo, o porque son más flacos o más gordos, más pálidos o más oscuros, más guapos o más feos o porque tienen un acento distinto, o vete a saber por qué rasgo indefinible, han sido elegidos como víctima favorita de algún abusón que, ese sí, suele ser más grande, más decidido y más acomplejado que la mayoría. El sufrimiento que causa el maltrato escolar escapa a la comprensión de los adultos, que, convenientemente, han olvidado experiencias similares de su infancia. Según el estudio de Neil Marr, al menos 16 niños se causan la muerte cada año en Gran Bretaña, desesperados por la persecución de que son objeto. Eso, sin contar su abatimiento y tristeza, su aislamiento y sus fantasías de odio y venganza, que algunas veces llevan a la práctica. Cuando la tensión interna aumenta sin encontrar una salida razonable, pueden ocurrir explosiones de consecuencias horribles. Según el mismo estudio, son muy pocos los niños que se atreven a denunciar el acoso y, cuando lo hacen, su calvario suele empeorar. Tal es la torpeza y falta de preparación de las autoridades a las que se confían. El abusón, por su parte, suele estar rodeado de una corte de simpatizantes, que participan de su «gloria» y, a mayor distancia, por el respetuoso silencio del resto de la clase. La conclusión es que no se puede dejar a un niño abandonado a su suerte, en un entorno sin empatía ni consideración. Más aún, no se puede permitir que en, en ningún grupo, pero sobre todo en un grupo de niños, se desarrollen condiciones que favorezcan la cultura de la violencia. Es cierto también que, desde pequeños, tenemos que aprender a modular nuestras emociones y expresarlas de forma efectiva y no destructiva.
En El Maltrato Psicológico trato el tema del Bullying o acoso escolar, que parece que acaba de descubrirse, pero que ha existido siempre.Lo que es ahora nuevo, y me parece muy bien, es la creciente sensibilidad de los educadores, que se están convenciendo de que no se trata de «cosas de niños», sino de un problema que tienen obligación de resolver. El gran error está en la tendencia a considerar cada caso como un hecho puntual, fruto de causas individuales específicas. No está el problema en la agresividad del matón ni en la vulnerabilidad de la víctima, sino en la connivencia de los demás alumnos y en la indiferencia de los profesores.Permitir que se subviertan los valores sociales más elementales es condenar al encanallamiento a otra generación más. Enseñar convivencia y responsabilidad democrática -es decir, que todos los miembros de un grupo tomen conciencia de los problemas de los demás- es más importante que enseñar matemáticas o geografía, por poner algún ejemplo. Ahora que los maestros han renunciado a imponer la ley de la fuerza, nuestro sistema tiene que darles la fórmula para trasmitir la nueva cultura de cooperación y respeto que todos queremos para nuestros hijos.
Fuente: www.elmundo.es
Fecha: 24/11/05
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